La fiscal Lissette Núñez: vergüenza nacional o todos damos vergüenza

Por: Valentin Medrano Peña

Nunca me ha gustado subirme en las olas, hacer causa común con lo que es popular, quiero pensarme un poco más racional que eso y practicar la entereza, tan carente en el accionar público.

Se que el tema que trataré me generará críticas, reduciré mi nivel de aceptación social, seré desaprobado por muchos, pero estaré tranquilo con mi conciencia.

Nuestro país ha sido robado no solo por políticos corruptos y agencias nacionales e internacionales corruptas, que nos venden una idea de debido proceso que solo es aplicable a sus nacionales cuando en nuestro suelo aúpan la desprotección, el desamparo y la ilegalidad. Nuestros agentes no aprendieron solos a poner drogas, una práctica cotidiana y malsana. La complicidad sistémica del fiscal que les compra sus versiones cuestionables y el juez que condena a pesar del bombardeo de contradicciones, y todos supervisados por las agencias foráneas con asiento aquí, y nuestros funcionarios temerosos de no ser parte de un informe, actúan en un leasse faire (dejar hacer) que no permite la responsabilidad de oponerse a los desmanes, que mitigan y en algunos casos aniquilan al debido proceso.

La denuncia promovida por el interés de un farandulero llegó a cada ojo y oído dominicano y allende los mares. Un video de una cámara de seguridad captaba el momento en que unos agentes de la fatídica DNCD, organismo antidrogas dominicana, entraron en una peluquería en Villa Vásquez, al noroeste de la isla quisqueyana y presuntamente plantaron drogas en el piso y varios zafacones del lugar. Minutos después de la plantación de la sustancia entra en escena una fiscal, a la que hoy todos conocen y todos condenan.

Esta fiscal entra en escena luego de la acción, no hay forma de ligarla a la siembra de las evidencias proscritas, el video no la incrimina. Nunca tuvo en sus manos del material nocivo, nunca lanzó drogas, nunca accionó contraley, pero es tenida como parte de la trama y en algunos casos como la artífice del cuestionable hecho.

Luego, la misma opinión pública que se ceba en el morbo, prefiere creer a quien se autodesigna como una especie de infiltrado que dejó caer una cajetilla de fósforos conteniendo drogas para imputar falsamente a los barberos.

El rumor asociado, presuntos hechos previos no comprobados, la inquina de los afectados, y un testimonio de un delincuente que trató de entrampar a ciudadanos aparentemente honestos, es todo lo que hay contra la fiscal a la que han calificado como vergüenza nacional.

No quiero tener que arrepentirme y luego pedir perdón a esta por resultar toda esta parafernalia falsa, como ocurrió con el caso David Ortíz y presuntos implicados y móviles, o en todos los casos famosos con implicados embrionarios que luego resultan Inocentes.  Prefiero jugar a ser abogado y asumir como ordena la Constitución el ver a esta como una presunta inocente, no cómo culpable, un lujo al que nadie está autorizado. Si así se obra se tendrá la posibilidad de estar equidistante ante posibles entrampamientos, condenas y procesos injustos y desaprobaciones injustas.

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